Dead Burning Mustangs


Baby Jesus Cries in Spanish

Ora sí hice enojar a Diosito este fin de semana, y como castigo no me deja dormir.


Buried Alive

Enterré un pájaro negro con ojos rojos y uñas amarillas.

Lo enterré porque quería lastimarte y sus alas de membranas rosas se interponían entre los dos.

Lo enterré porque tú buscas mariposas y no aves de rapiña.

Lo enterré pensando que tal vez así renazca en paloma o en águila real, pero la verdad es que por las noches todavía lo escucho arañando la tierra desde adentro.

Lo enterré porque siempre se come el corazón de los demás. Creo que no le fue suficiente con el mío.


Cruz

Ahora me encuentro en la dolorosa chinga de tener qué verte como si fueras un compadre; un amigo barroso con voz de pito y nalgas de hiena, y no como la fuente de ardores, comezones y emociones que siempre has sido para mí. Debo deshacerme de tu olor a mango con chile piquín y de tu piel que parece la de un durazno. Por eso cuando ahora pienso en tí, te imagino como el señor de la renta. Por eso cuando ahora pienso en tí, te imagino con una camiseta del América y con chanclas.

Tengo qué hacerlo, porque prefiero eso que verte partir.


No, si yo te quiero
Pero ahora estoy muy cansado
No soy feliz yéndome
Pero tampoco soy feliz quedándome
Además creo que no es necesario ser feliz para recomenzar
Y aparte la felicidad no está en mis planes
Me gustan más las cosas que las personas
A veces se sufre por largo tiempo
Y uno no quiere darse cuenta
Es más fácil acostumbrase


Sunday

Me gusta terminar los domingos pensando en que todo lo que tiene que ver con entretenimiento sólo es un engaño que nos regalaron nuestros titiriteros para mantenernos ocupados tratando de descifrar enigmas relacionados con nuestra especie, evolución y misión en el mundo. Me gusta imaginarnos a todos tratando de alcanzar nuestras propias colas como perros corriendo en círculos, generando fortunas para ellos mientras nos ponen a bailar con ambas manos (izquierda y derecha)

Me gusta terminar los domingos pensando en que algún día ya no seré parte de eso, pero por lo pronto mañana es lunes…


Mad Dog/Dog Dam

Voy a ser el King Dude tu Chelsea Wolfe

El Michael Gira de tu Jarboe


El Lazarillo Ciego

No sé cómo me las ingenié para que casi toda la gente a mi alrededor se sintiera lejana de mí. No sé qué carambolas hice (o he estado haciendo) para que estas personas se sintieran irritables ante mi sola presencia o ante cualquier comentario que decida yo proferir. ¿Conoces el aroma que expide un muerto? ¿Has percibido el asqueroso olor que se genera en la entrepierna después de un largo día de trabajo? Pues algo parecido.

Si estás leyendo esto, muy probablemente pensarás que es una suerte de exageración proveniente de malos entendidos esporádicos sucedidos en breves lapsos de fragilidad emocional, y que debería yo de pensar en las grandes tragedias que azotan a la humanidad. Si estás leyendo esto también significa que es muy probable que:

1.- Estés pasando por algo así y el primer párrafo no te causó hueva (lo cual me haría sentir celoso de mis letras)

2.- Te estés rascando las nueces.

Ojalá fuera un desplante generado por minúsculas fallas de frecuencias. Ojalá se tratara de un malviaje generado por los químicos que entran a mi cuerpo día con día (haciendo la aventura de la vida). Ojalá todo esto sucediera sólo en mi cabeza, con el único fin de ponerme a escribir nuevamente, pero la verdad es que han sido casos específicos los que hoy en día me tienen entre la espada y la pared, y contrario a lo habitual; no sé qué chingados sucede, pero puedo concluir entonces que el monstruo habita en mí. Siempre he sido una basura, y uno de mis rubros sobresalientes es el de los números, y aún así pienso que no se necesita ser un genio en física cuántica para darse cuenta de que si uno está inmerso en diversos lodazales es porque muy seguramente ha estado jugando con agua y mugre durante largo tiempo. Partamos entonces del hecho de que me he convertido en un imbécil.

Así como las grandes ciudades, las grandes pendejadas requieren de un largo proceso (generalmente involuntario) de proyección, planeación y edificación, siendo también necesaria la colaboración de otros individuos (No logro imaginarme a un solitario colombiano corriendo con cubetas en los brazos para sembrar toda esa dulce y tierna amapola). Vamos a decir entonces que para que una persona vaya mutando hacia los confines de la repulsión, se necesita de la (poca) ayuda de sus congéneres, y de una poca de (des)gracia. 

Siempre me he sentido especial, pero no tanto como para sentirme único, así que el siguiente peldaño es aventurarme a decir con mucha ilusión y lágrimas en los ojos que no soy el único pendejo (Alberto Cortés lo ha señalado previamente con más tino que yo) Definitiva y (des)afortunadamente no puedo ser el único cabrón sintiéndose mierda esta noche (una patente más que se me va de las manos), e invariablemente esto me hace pensar en dos cosas:

1.- Que hace un chingo de frío y yo estoy aquí descalzo escribiendo tarugadas (confirmando así mi condición arriba expuesta)

2.- Que un pendejo está seguro de siempre tener la razón (Este fue mi primer y más longevo síntoma)

La razón es una droga bastante adictiva por la cual ha luchado la humanidad entera aún antes de la síntesis de productos naturales para la expansión de la mente y su injerencia en las acciones del mercado. Basta con que el viejo fantasma de la curiosidad aparezca para sacar un teléfono imaginario y clamar a nuestro dealer interno por un arponazo. Si esa curiosidad se convierte en necedad, la cosa puede ponerse realmente densa, y la dósis que creemos necesitar es aún mayor. Es entonces cuando requerimos de la aprobación de los demás para validarnos, y si ésta no llega de manera voluntaria a manera de admiración, siempre queda el viejo truco de la manipulación.

Hablar de una rehabilitación suena bastante noventero, pero la verdad es que llevo bastante tiempo enfocado en un proceso personal muy complejo y lastimero para despojarme de esa perra nece(si)dad que he experimentado desde la infancia. Como ejemplo puedo citar todas las ocasiones en las que, con todo el conocimiento de causa, me ponía a dibujar, escuchar música y a escribir en clase, mientras el profesor en turno explicaba el significado de la vida (claro), para posteriormente preguntarme sobre lo último que había dicho del tema en cuestión, a lo que yo respondía con lujo de detalle, y (¡pero claro!) un gesto de satisfacción en el rostro. En aquellos días ser repudiado por un catedrático se había vuelto para mí un deporte que me entretenía más que las clases.

Decía pues que según yo llevo ya un rato en la talacha del crecimiento personal y del desprendimiento de viejos hábitos ególatras, y aunque puedo hablar de un crecimiento muy motivante, aún no puedo sentirme lejano a un cocainómano que se siente inquieto viendo la nieve que cae del otro lado de la ventana. De tal suerte que cuando todos estos malos entendidos acontecen, aparece la frustración y la flojera que me causa comunicarme con otros seres humanos me domina por completo, y eso me lleva a la siguiente batalla en este sendero hacia la muerte: La indiferencia.

De manera que me ha tocado descubrir que los demonios no son criaturas independientes que ronden en los rincones más oscuros como lobos solitarios. En vez de eso, ahora se dibujan ante mí como siluetas indefinidas que me acechan todas juntas tomadas de las manos, debajo de otras tantas que me esperan pacientes en los soleados parajes de la felicidad que siento cuando creo haber vencido a uno de ellos.

Todavía no sé qué va a pasar, porque al mismo tiempo que me siento la basura más pestilente, he desarrollado cierto grado de visión para observar la putrefacción en otros y puedo ver a detalle cómo se regodean en esos ácidos mentales que producen la arrogancia, la falsa seguridad (alimentada por otros adictos en una orgía interminable), y finalmente la desesperación que eventualmente se desbordará por las grietas del ennegrecido corazón. Y al mismo me tiempo cada vez más inútil para abrir los ojos. Lo que sí puedo ver a mis anchas (que son muy anchas) es cómo todo se cae lentamente a pedazos. 

Es entonces cuando termino la noche sintiéndome como un lazarillo ciego.


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